Breve comentario respecto de los últimos sucesos
Que los pueblos de Latinoamérica tienen una historia en común que los hermana y los dirige a un mismo objetivo, es una tesis que pocos desmentirían. La configuración clasista de nuestras sociedades, bajo similares condiciones de colonización y dominio político y económico, nos presenta hoy un panorama tendiente a la históricamente negada unidad de la clase cuya misión es cambiar profundamente el estado de cosas en cada lugar del mundo. Nuestro continente mestizo, desde la Revolución Cubana hasta nuestros días y habiendo sido protagonista de diversas expresiones de insurgencia popular, ha experienciado las contradicciones propias de nuestra breve historia republicana, al alero del poder económico de las oligarquías del capital. De ahí que el devenir histórico no pueda más que perspectivar el cambio en la dimensión de clase del poder, pasando los antes dominados a articular la nueva sociedad.
Ahora bien, sabemos que esta toma del poder no sucede, y no es posible siquiera pensarlo, en un clima de paz y tranquilidad. Es justamente la agudización del conflicto de clases la que instala como requisito aquella violencia de la que durante estos días hemos sido testigos, específicamente en lo que en Bolivia esta ocurriendo, violencia que emana de la necesidad de sostener el poder por parte de los antes dominados, así como de los intentos desesperados de los desplazados del poder por recuperarlo.
Es en este sentido que Ignacio Ramonet sostiene que el parto que en estos momentos vive Bolivia no es posible sin dolor, dolor que se comprende plenamente en la medida que las clases sociales que han dominado el país, que se han apropiado de la riqueza y que explotaron a los trabajadores de Bolivia durante siglos hoy no tienen más salida que resistirse a admitir que ese período tan feliz para ellos se terminó.
Sabemos que los afanes separatistas de las prefecturas de derecha en el vecino país encuentran sus motivos fundamentales en sus intereses económicos. Las localidades que hoy reclaman la autonomía no son más que aquellas en las que el antiguo régimen concentró la actividad productiva, y que hoy constituyen los centros industrializados del territorio nacional. Es así como en el marco de una Bolivia campesina e indígena tremendamente precarizada, se elevan estos territorios como las urbes modernas y colmadas de la riqueza que por motivos históricos pertenece a todo el pueblo Boliviano. Pero este motivo no tiene sentido si no es por uno de mayor alcance que amenaza duramente los intereses de los sectores hasta ahora dominantes en dicho país, y es el de la nueva propuesta de Constitución Política de la República, que fruto del proceso constituyente de una asamblea democrática y de bastas movilizaciones populares, pretende pronto ser refrendada por el pueblo que dio origen al proceso de transformación de la estructura legal del país. Este hecho constituye el motor político del conflicto boliviano en la actualidad, y es a partir del cual debe ser comprendido el duro parto que hoy se vive en esas vecinas tierras, parto que debe culminar exitosamente en la conformación de un estado democrático y popular, de plena soberanía económica y política, y que se sostenga en el progresivo empoderamiento del pueblo respecto del curso de su historia.
Ahora bien, sabemos que esta toma del poder no sucede, y no es posible siquiera pensarlo, en un clima de paz y tranquilidad. Es justamente la agudización del conflicto de clases la que instala como requisito aquella violencia de la que durante estos días hemos sido testigos, específicamente en lo que en Bolivia esta ocurriendo, violencia que emana de la necesidad de sostener el poder por parte de los antes dominados, así como de los intentos desesperados de los desplazados del poder por recuperarlo.
Es en este sentido que Ignacio Ramonet sostiene que el parto que en estos momentos vive Bolivia no es posible sin dolor, dolor que se comprende plenamente en la medida que las clases sociales que han dominado el país, que se han apropiado de la riqueza y que explotaron a los trabajadores de Bolivia durante siglos hoy no tienen más salida que resistirse a admitir que ese período tan feliz para ellos se terminó.
Sabemos que los afanes separatistas de las prefecturas de derecha en el vecino país encuentran sus motivos fundamentales en sus intereses económicos. Las localidades que hoy reclaman la autonomía no son más que aquellas en las que el antiguo régimen concentró la actividad productiva, y que hoy constituyen los centros industrializados del territorio nacional. Es así como en el marco de una Bolivia campesina e indígena tremendamente precarizada, se elevan estos territorios como las urbes modernas y colmadas de la riqueza que por motivos históricos pertenece a todo el pueblo Boliviano. Pero este motivo no tiene sentido si no es por uno de mayor alcance que amenaza duramente los intereses de los sectores hasta ahora dominantes en dicho país, y es el de la nueva propuesta de Constitución Política de la República, que fruto del proceso constituyente de una asamblea democrática y de bastas movilizaciones populares, pretende pronto ser refrendada por el pueblo que dio origen al proceso de transformación de la estructura legal del país. Este hecho constituye el motor político del conflicto boliviano en la actualidad, y es a partir del cual debe ser comprendido el duro parto que hoy se vive en esas vecinas tierras, parto que debe culminar exitosamente en la conformación de un estado democrático y popular, de plena soberanía económica y política, y que se sostenga en el progresivo empoderamiento del pueblo respecto del curso de su historia.
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